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Costumbres dominicanas que se pierden en EE.UU.

Diario Acontecer | Nueva York, Estados Unidos – Las familias dominicanas revisan hoy las costumbres dominicanas para entender por qué sus hijos criados en Estados Unidos ya empiezan a dejarlas atrás.

El cambio no ocurre de golpe. Aparece en la mesa, en el saludo, en la música del sábado y en ese español dominicano que muchos jóvenes entienden, pero contestan en inglés.

La preocupación crece entre padres que llegaron desde Santo Domingo, Santiago, San Cristóbal o el Cibao con una idea clara: progresar sin perder la raíz que los formó.

Estados Unidos reúne una de las comunidades dominicanas más grandes fuera de la isla. Pew estimó 2.4 millones de personas de origen dominicano en 2021.

Esa expansión abrió puertas, negocios y estudios. Sin embargo, también dejó una pregunta dentro de muchas casas: ¿qué parte de la herencia queda cuando la rutina cambia?

Una de las costumbres dominicanas que más se debilita es pedir la bendición. Para muchos abuelos, ese gesto resume respeto, cariño y memoria familiar.

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En apartamentos del Bronx, Lawrence o Paterson, algunos niños todavía dicen “bendición, mami”. Otros lo reemplazan por un abrazo rápido antes de salir a la escuela.

El idioma marca otra frontera. Pew halló que el español pierde fuerza entre latinos de tercera generación, aunque la mayoría considera importante preservarlo.

Por eso, muchas costumbres dominicanas se quedan sin palabras propias. Se entiende el sancocho, la chercha y el colmado, pero cuesta nombrarlos sin traducir.

También cambia la mesa. El arroz con habichuelas, el pollo guisado y el mangú conviven ahora con pizza, cereal, comida rápida y almuerzos escolares.

Las madres y abuelas intentan sostener el sazón del domingo. Aun así, los hijos criados en horarios estadounidenses comen distinto y conversan menos en sobremesa.

El domingo familiar, antes casi obligatorio, pierde terreno frente a trabajos por turnos, deportes escolares, iglesias, tareas y viajes largos entre condados.

Entre las costumbres dominicanas más visibles está la visita sin tanta cita previa. En la isla, llegar a una casa todavía puede parecer una extensión natural del afecto.

En Estados Unidos, por el contrario, muchas familias organizan todo por mensaje. La privacidad pesa más, y los jóvenes aprenden pronto a pedir espacio.

La música cuenta otra historia. El merengue y la bachata siguen vivos en fiestas, desfiles y reuniones, pero compiten con rap, pop, dembow global y listas en inglés.

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El Desfile Nacional Dominicano en Nueva York aún celebra la herencia con música, baile y miles de participantes. Allí, la bandera conserva fuerza pública.

Sin embargo, dentro de la casa, algunas costumbres dominicanas dependen menos del desfile y más de actos pequeños: cocinar juntos, hablar claro, contar historias.

Los padres también notan cambios en el trato. El “usted” para mayores, el saludo al entrar y la conversación con vecinos ceden espacio a códigos más individuales.

No se trata de culpar a los hijos. Ellos crecen entre dos mundos, con presiones escolares, laborales y sociales que sus padres no siempre vivieron de la misma forma.

Además, muchas costumbres dominicanas no desaparecen; se transforman. Un joven puede no bailar merengue, pero defender la bandera en redes con orgullo.

Esa mezcla produce una identidad nueva. Tiene acento inglés, memoria caribeña, humor dominicano y una nostalgia heredada por lugares que algunos solo conocen de vacaciones.

El reto para las familias no consiste en imponer cada gesto, sino en explicar por qué importan. La cultura resiste mejor cuando conversa, no cuando regaña.

Por eso, enseñar costumbres dominicanas exige paciencia. Cocinar un plato, llamar a los abuelos o visitar la isla puede decir más que un sermón largo.

Finalmente, la pregunta no es si estos hijos serán menos dominicanos. La pregunta es qué costumbres dominicanas lograrán viajar con ellos hacia la próxima generación.

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